lunes, 1 de julio de 2013

EL OFICIO DE ESCRITOR


Un destacado periodista y escritor canario escribía en uno de sus libros que el oficio de escritor es el que mayor competencia tiene. “A los médicos sólo les hacen la competencia los médicos vivos de la ciudad en que viven. Igual ocurre con los abogados, los ingenieros o los peritos agrónomos. Pero a un escritor le hacen competencia todos los escritores de su país. Y todos los muertos, puesto que yo, entre editar a Unamuno o editarte a ti, prefiero a Unamuno. Y los extranjeros, cuyos libros vienen precedidos de una cierta fama. E incluso los miles de aficionados a los que les gustaría ver publicado su libro aunque tuvieran que pagar por ello.[…] Si frente a semejante competencia desleal sueñas con que te editen y además te paguen lo suficiente como para vivir, es que estás loco. Tus posibilidades son de una entre diez millones.
Teniendo bien claro esto, yo no dudo en aventurarme hacia esta meta, indistintamente cualquiera que sea el resultado. Me gusta leer. Me gusta escribir. Disfruto con ello. Tal vez aún poca gente me conozca porque no le dedique el empeño suficiente, o tampoco me presento a muchos concursos literarios, ni aporreo la puerta de las editoriales, pero escribo prácticamente todos los días, y más en los últimos años. O bien por la mañana o por la noche, o incluso en ambos casos. Cuando me lo he propuesto, también he llegado a escribir una novela en dos meses, con un trabajo del que me siento especialmente orgulloso, porque nunca había disfrutado tanto escribiendo y veo un buen resultado.
No me desanimé cuando en repetidas ocasiones fueron otros los galardonados en los  concursos a los que me presentaba, ni cuando un escritor que impartía un curso de escritura creativa al que había asistido, con muy poco tacto, echó por tierra uno de mis escritos. Era joven, y dado mi carácter introvertido, sensible y tímido, aquello posiblemente me habría llevado a abandonar una afición que en aquella época era muy reciente. Curiosamente, poco después, aquel mismo escrito ganó un concurso literario. También me ha gustado experimentar la emoción ante una entrega de premios, pensando que podía ser yo el afortunado. Estaba muy nervioso y pienso que mucho más lo habría estado en caso de haber sido el elegido por el jurado. Haber perdido en varias ocasiones, me ha llevado no sólo a revisar y mejorar mis escritos, sino a escribir obras totalmente nuevas.
Quizá, el oficio de escritor también tiene bastante de solitario, de encerrarse en un lugar tranquilo y concentrarse en lo que se quiere escribir y transmitir, esperando además, que pueda gustar e interesar a alguien. Esta tarea necesita de mucha introspección, imaginación y observación, que es algo que has de tener, que nadie te puede dar. Muchas habilidades se pueden aprender, pero en algunas de ellas, también ha de haber una predisposición, aptitud o habilidad natural. Siendo humilde, yo creo reunir al menos algo de todas estas cualidades.
Como he dicho antes, me gusta escribir. Me sirve para ejercitar mi mente, para expresar mis sentimientos, para recordar vivencias que quedarían en el olvido de mi despistada memoria. Pero también me gusta escribir porque leer es una forma de aprender, de conocer el mundo, de alimentar la imaginación, de escapar de cuanto nos rodea durante los mágicos instantes de la lectura. Me gusta escribir para reflexionar, para ordenar las ideas que saldrían atropelladamente si quisiera hablar para contar algo. Pero sobre todo, me gusta escribir porque pienso que puedo transmitir vivencias, pensamientos e ideas que también hagan reflexionar a otras personas; que les hagan cuestionarse muchas cosas que en ocasiones nos llevan hacia la infelicidad, hacia el egoísmo, la intolerancia, el miedo o el desprecio.
Y así, en el hilo de una novela realista, porque por el momento no me interesa escribir ficción, lanzo estas pequeñas semillas que permitan a los lectores cuestionarse este mundo que hemos creado, en el que vivimos, realmente sin acabar de saber convivir bien entre todos y dentro de este mismo planeta que tampoco sabemos mimar y cuidar.

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© Daniel Balaguer