lunes, 30 de noviembre de 2015

90-9-1


Según la teoría de la desigualdad participativa relacionada con el mundo de la web, se estipula que la colaboración necesaria en un grupo para su funcionamiento sufre una gran desigualdad en la participación de sus miembros. Esto queda representado aproximadamente en las proporciones 90-9-1, que quiere decir que el 90% de los usuarios de la web son mirones que no aportan contenido alguno; sólo el 9% contribuye ocasionalmente y de manera fortuita, compartiendo enlaces y contenidos creados por otros, comentándolos o modificándolos; mientras que únicamente el 1% aporta contenido a la web, es decir, sobre este 1% recaen todas las publicaciones nuevas que tienen lugar en Internet.
Esta teoría ha sido probada en diversos sitios con ligeras variaciones dependiendo de los medios sociales, pero en realidad viene a decir que sigue siendo muy poca la gente que crea y publica contenido en la web. Es cierto que yo utilizo a menudo Internet para obtener información, pero creo que también soy de los que podría englobarse dentro de ese 1% que crea su propio contenido y lo publica en la web. Aporto algunas recetas de cocina, artículos de opinión, novelas o algún tutorial, con lo cual ya hago mis pequeñas aportaciones que es más de lo que hace la gran mayoría.
A mí me parecen unas cifras bastante escalofriantes, pero creo que incluso pueden exportarse más allá de la web, como la acción social, la política, la economía, el mundo empresarial o productivo, etc. Dejando de lado unos porcentajes mayores o menores, esto vendría a decir algo así como que son muy pocos los que se implican activamente en la acción, creación o dirección del mundo; unos cuantos más se limitan a quejarse, protestar, replicar o trasmitir las acciones, conocimientos, bienes y demás y por último queda una gran masa de consumidores o personas indiferentes que son simples espectadores.
¿Qué aportamos cada uno de nosotros al mundo o a nuestro entorno?

¿Qué clase de usuario eres tú? Crear no siempre es fácil, pero al menos comparte u opina.
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lunes, 23 de noviembre de 2015

EL JUEGO: ADVERTENCIAS

Este no es un juego recomendable si no hay suficiente confianza, si existen represiones, traumas o prejuicios o si se tienen tabús en tema de sexualidad.
Tampoco es un juego aconsejable para personas demasiado posesivas, celosas, inseguras o pudorosas.
Igualmente no es apto para personas intolerantes o con fuertes condicionantes morales.
También es importante destacar que personas con falta de control eyaculatorio pueden sentir cierta frustración, dado que hay pautas ajenas que delimitan el tiempo para correrse.
Con “el juego” descubriréis deseos de vuestra pareja que posiblemente no estéis capacitados o tampoco os atreváis a satisfacer.
Habrá días que os quedaréis sumamente calientes con ganas de ir más allá, deseando el placer pero los dos o cualquiera de los dos se quedará con ganas y desazón porque no habrá otra que aguantarse.
Podéis dar paso o pie a alguna extraña perversión oculta en vuestro subconsciente.
Para complacer o excitar a tu pareja y sus deseos, a veces te tocará a ti hacer cosas que no te apetecen demasiado, pero recuerda que en otras partidas igualmente le puede tocar hacerlo a tu pareja y todo se dará a la inversa. De la misma manera, también habrá situaciones en las que uno de los miembros pueda gozar más que la otro o la satisfacción de uno no comportará necesariamente la de la pareja.
Por otro lado, es importante tener en cuenta que lo que se diga se puede entender como un pensamiento, deseo, sentimiento o interés real, que una vez acabada la partida, si los dos lo consideran necesario, habrá que aclarar porque igualmente puede resultar un factor que influya en posteriores actuaciones o en el estado de la pareja.
Podemos percatarnos que nuestras fantasías no son tan portentosas una vez las materializamos y que a veces resulta mejor imaginarlas y contarlas que experimentarlas.
Deberéis aceptar el juego con todas sus consecuencias, dado que una vez iniciada la partida, ya no está permitida la retirada del juego.

Puedes leer gratuitamente la novela en este enlace:
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lunes, 16 de noviembre de 2015

APASIONADO



Buscando definiciones sobre la pasión, podemos encontrar que es una emoción manifestada como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. Es una emoción intensa que engloba el entusiasmo o deseo por algo. El término también se aplica a menudo a un vivo interés o admiración por una propuesta, causa, actividad u otros. Igualmente encontramos que es la afición vehemente hacia algo o la inclinación muy fuerte de alguien hacia otra persona. En el primer caso, hace referencia a la necesidad de hacer algo porque existe una fuerza interna que mueve al individuo a hacerlo, sobre todo está vinculado con una vocación artística. En el segundo ejemplo, la pasión está más bien asociada al amor y a la atracción sexual. Dos personas apasionadas dejan de lado la racionalidad y se comportan de manera emocional. En otras palabras, la pasión es liderada por el corazón y no por el cerebro.
Atendiendo más o menos a estas definiciones, yo me considero una persona apasionada en casi todo lo que hago, pero aunque quizá sea movido por el corazón, también he de anotar que soy bastante cerebral. Me gusta mucho reflexionar, pensar, analizar todo tipo de situaciones, no obstante, en mi caso a menudo esto comporta tiempo y tranquilidad para hacerlo puesto que es donde mejores resultados se obtienen. En cambio, si no existe este tiempo para la reflexión, si es algo que a mi entender requiere una reacción inmediata, es cuando las palabras son atropelladas por mis nervios y quizá no me exprese de la mejor manera posible. Aquí he de anotar que mi timidez también hace que sea una persona poco decantada por la oratoria si no es un tema que conozca bastante bien.
Si rebuscamos un poco más entre las definiciones, también podemos encontrar otras con una connotación más negativa relacionada con el sufrimiento, pero aquí he de decir que este no es mi caso.
La mayoría de las personas, cuando hablan de ser apasionados se refieren al amor, al sexo, a la relación de pareja. Ser apasionados está emparentado al corazón, al alma. Y cuando decimos que a una relación le falta pasión, entendemos que esta empieza a marchitarse. Pero más allá de una relación de pareja, la pasión es algo muy importante en nuestras vidas. Sin apasionamiento los padres de las naciones no hubiesen hecho sus contribuciones. El arte no existiría, los poetas, escritores y literatos no nos hubieran legado sus maravillas. Historiadores y científicos no harían sus aportes a la humanidad.
Si eliminamos la pasión perdemos el disfrute de estar enamorados, la sensualidad y la voluptuosidad del sexo, el goce de la belleza, la satisfacción de hacer el bien, el agrado y el regocijo de crear, la dicha de luchar por la paz, la diversión, la ventura, la felicidad.
Para ser claros, a mi parecer tenemos que ponerle a todo cuanto hagamos en la vida tantas ganas o interés como podamos ponerle al sexo. Quizá haya momentos en los que el arrebato nos lleve a una rápida acción desenfrenada, pero disfrutaremos más dedicándole tiempo, sin prisas, con serenidad, pensando bien en lo que vamos a hacer o estamos llevando a cabo. Si por el contrario no ponemos ganas a cuanto vayamos a emprender, estaremos marchitos; nos perderemos el disfrute, no habrá ilusión y no saborearemos la satisfacción, el placer y la felicidad que produce hacer las cosas bien, con ganas, con ilusión.

Trayendo ahora algunas de las connotaciones negativas de la pasión, es importante saber que si excluimos la racionalidad, la pasión nos puede lleva al sufrimiento, al dolor, o peor aún, a veces nos arrastra a un lado oscuro de ella: a la lujuria, al crimen "pasional", a la desgracia y al infortunio.
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lunes, 9 de noviembre de 2015

SOBRE EL TRABAJO

Sé bien lo que es trabajar, aunque lo cierto es que no empecé a hacerlo a los catorce años o incluso antes como era habitual en la generación de mis padres. Pero tras algún trabajillo sin contrato, cuando me introduje oficialmente en esta etapa de la vida, lo hice en una fábrica y según el modelo que tenía: el de vivir para trabajar, porque eso de estudiar parece que tampoco resultaba productivo para la economía doméstica. Así, iniciaba mi jornada laboral a las 7 de la mañana para concluirla a las ocho de la tarde, llegando a trabajar también los sábados por la mañana.
Trabajaba sin apenas ver el sol, de no ser por la pequeña pausa que hacíamos para almorzar a las puertas de aquella nave industrial o para comer presurosamente en una breve escapada a casa. Cuando no trabajaba, me dedicaba principalmente a descansar, y si me quedaban ganas para hacer otra cosa, bailar en alguna discoteca o coger un poco la bici.
Aún así, he de decir que me gustaba aquel primer trabajo con contrato y me sentía bien con el hecho de aprender un oficio con el que conseguir bastante más de lo necesario para vivir, porque cabe anotar que tenía un sustancioso sueldo, claro está, a costa de trabajar muchas horas. También seguía viviendo bajo el cobijo de mis padres. Pero los años pasaron y tuve claro que no quería llevar la misma vida que mi progenitor, así que cambié mi punto de vista y empecé a trabajar lo necesario para vivir, permitiéndome ocupar el excedente de tiempo con otros menesteres, cosa que no pareció sentar del todo bien, ni en casa ni en la dirección de la empresa, dado que mi padre desempeñaba un puesto destacable en la misma y yo me decanté por otra versión diferente a mi modelo.
A pesar de mi reducción de la jornada, aún continuaba proporcionándome bastantes ingresos, que resultaban muchos para un joven sin cargas familiares y ni tan siquiera un coche que pagar o mantener y cuya única preocupación era ampliar un poco su vestuario. Con el paso de los años y por cambios en la situación familiar, me convertí en algo así como el cabeza de familia: era el que aportaba el sueldo para pagar la hipoteca y la comida. Aún así, yo también decidí “cambiar de aires” y finalmente dejé aquel trabajo.
Por aquel entonces, por medio del voluntariado que estaba llevando a cabo en una conocida ONG encontré mi actual trabajo en una fundación. Si lo comparo con el de antes, que era más físico, podría decirse que esto no es trabajar, no obstante este otro trabajo comporta bastante carga emocional, frustraciones, prueba de la paciencia, relaciones personales un tanto complejas por el tipo de colectivo con el que interactuamos, etc. Por suerte, también me gusta este trabajo y aunque gano bastante menos, me permite más tiempo para vivir más allá del mundo estrictamente laboral. Me permite tener vida familiar y personal.
Aunque mi situación familiar hace años que ha cambiado y ahora tengo muchas más responsabilidades que no me permiten jugar a cambios laborales, también me gustaría volver a cambiar de trabajo, principalmente por mantenerme siempre activo aprendiendo cosas nuevas y no acabar “quemado” o acomodarme demasiado.
Pero como siempre, quizá lo importante no es estar a gusto con el trabajo, sino a gusto con uno mismo, porque al fin y al cabo, así podemos estar a gusto en cualquier parte y aunque también haya días con nubarrones, el sol siempre resplandece.
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lunes, 2 de noviembre de 2015

EL JUEGO: ANTECEDENTES

Nunca me han gustado los juegos de rol, es más, para una persona sumamente tímida e introvertida como yo, me disgustaba mucho participar en estas dinámicas que parece que son la única metodología conocida y utilizada en el campo del entrenamiento de habilidades sociales. No me han gustado porque en cierta medida obligan a hacer o comportarte de una manera que no sueles ser, aparte de tener que enfrentarte cara a cara con una o más personas. Además, en las dinámicas de rol generalmente tienes un tiempo muy corto para preparar tu representación y prácticamente todo se mueve en el ámbito de la improvisación, cosa que mis nervios y carácter tampoco han permitido que se me diese bien. ¡Y mira que por mucho que huía, a menudo he debido participar en ellas por mi trayectoria personal!
En cambio, con el teatro todo me resulta diferente. Me gusta. He participado como actor representando determinados personajes en algunas obras y he disfrutado mucho. También hay que decir que igualmente me ha ayudado a superar miedos y vergüenzas como el miedo escénico o la timidez, cosa que nunca han conseguido hacer las dinámicas de rol. Quizá me gusta más porque el teatro es mucho más rico y da más pie a la expresión y la caracterización. Todo está comedido y es ensayado antes. Hay unos personajes definidos, una acción, un escenario y un vestuario previamente preparados con más tiempo. Pero también pienso que tal vez se deja un poco de lado la creatividad y la improvisación, cosa que si tienen los juegos de rol.
Por otra parte, tampoco me han gustado nunca los juegos de mesa ni de azar. Me resulta sumamente aburrido estar sentado frente a una mesa pendiente de unas cartas, unas fichas, unos dados o cualquier otro elemento y me gustan menos aún si son juegos que duran bastante tiempo. Entonces nunca se me han dado bien, quizá porque tampoco he puesto interés o ganas. También soy enemigo de los juegos de azar porque pienso que a menudo hay demasiados intereses, engañifas o tramas alrededor y a veces nos ofrecen más ilusiones que otra cosa o productos que no responden demasiado bien a lo que creo que es el azar real.
Es más: tampoco he practicado nunca deporte o videojuego alguno, quizá porque en realidad nunca he encontrado uno que fuese de mi interés. No obstante esto, igualmente me he concedido la oportunidad de experimentarlo y ahora he tenido en cuenta todas estas otras posibilidades, sean de mi agrado o no, porque al fin y al cabo, a otras personas les gustan.
Entonces, combinando diferentes metodologías trasladadas al campo de la sexualidad; partiendo de esos momentos de desazón o insatisfacción en los que buscas o deseas cosas que no tienes; alimentado también por el deseo que te provoca lo que ves, lo que te gustaría probar o lo que escuchas de quienes están a tu alrededor en tu misma situación, he buscado la manera de conseguirlo mediante un juego, sencillo al mismo tiempo que complejo.
Así pues, he creado un juego diferente, mezcla del azar, el teatro, el rol y los juegos de mesa, con el que, además, practicar el deporte del sexo. Debo decir que yo jugaría, a pesar de que, al igual que mi pareja, tal vez también tendríamos nuestros propios límites o no nos meteríamos en determinados niveles, pero que al fin y al cabo se han incluido porque igualmente hay gente que tiene estas fantasías, las busca y las lleva a la práctica.
A partir de ahora, para mí y para todos vosotros los juegos ya no serán el que eran y entrarán en una nueva dimensión en la que pienso que a casi todos nos gustará más jugar y lo desearemos con ganas.

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© Daniel Balaguer