lunes, 7 de marzo de 2016

MI VESTUARIO

Soy hijo de familia trabajadora y crecí en una cercana y reconocida escuela a la que iban niños de familias más adineradas, donde todos se medían ya por la apariencia desde pequeños. Yo no podía vestir aquella ropa de marca que tanto lucían mis compañeros y quizá aquello debió suponer alguna clase de pequeño trauma para mí, porque cuando me puse a trabajar, lo primero que empecé a hacer fue comprarme toda aquella ropa de marca que no pude tener antes. Llegué a tener catorce pares de calzado a cada cual más caro; igualmente sucedía con los pantalones, relojes, camisas, etc. Cuidaba tanto mi vestuario, que hasta mi padre le dijo a mi madre que yo no debía engalanarme así, que al fin y al cabo era hijo de un trabajador y debía vestir como tal.
El tiempo pasó, y como todo en mi vida, por mí mismo, sin dejarme influenciar por opiniones ajenas, aquel interés por la ropa de marca se desvaneció. Me sigue gustando vestir más o menos igual. Me gustan los náuticos, los pantalones chinos, llevar camisa y jersey o un polo en verano; todo con una apariencia formal y más clásica, pero lo cierto es que la marca ya me da completamente igual. Se pueden encontrar unos zapatos idénticos o muy similares a otros de una reconocida marca, que sin ser imitación, duran y sirven para lo mismo; que tienen buena calidad y además están hechos en nuestro país. Lo mismo puede pasar con la marca del teléfono. No necesito medirme con nadie ni aparentar una clase social a la que no pertenezco. El valor económico de una marca, para mí no es tal y más bien a veces me parece una estafa para el consumidor comprar algo que puede ser de una reconocida marca, pero que está hecho en cualquier país asiático para abaratar costes y obtener mayores beneficios y que además tampoco tiene mayor calidad que cualquier otra prenda de marca desconocida.
Aún así, mi cuidado y formal vestuario hizo que antes de conocerme, por lo que ella le contaba a su hermano, mi cuñado le dijese a mi futura mujer que, dada mi edad y aspecto y el hecho de no tener pareja, era un claro indicador de que yo era “gay”. ¡En fin! La gente es libre de pensar y creer lo que quiera y yo tengo bien clara mi identidad o gustos sexuales.
Después de todo, lo curioso resulta que el valor de la apariencia para mi es tal, que incluso me atrevo a decir que llevo ya muchos, muchos años sin comprarme ropa porque tengo un cuñado que invierte bastante dinero en ella y cambia pronto de vestuario, y salvo los zapatos que desecha, que son grandes y en absoluto resultan de mi gusto, me ha vuelto llenar el armario con toda esa ropa que hace muchos yo me compraba. También tengo un yerno de una tía de mi mujer que me proporciona la misma clase de ropa, aunque esta si puede estar un poco más trillada. No me importa decirlo.
Así que si me veis con un jersey, unos pantalones o una camisa que “cuestan una pasta”, no os dejéis engañar por la apariencia. Sabed que no me los he comprado yo, que son de segunda mano, que me los han dado usados y a mí no me importa llevarlos. Yo soy quien soy y no necesito aparentar nada.

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© Daniel Balaguer