lunes, 4 de abril de 2016

EL ROBOT

A nivel coloquial, resulta curioso que cuando alguien hace bien una determinada tarea o destaca en un campo, a modo de elogio solemos decirle que “es una máquina”. Lo cierto es que a mí me lo han dicho bastante en diferentes aspectos y contextos, pero si en algo puedo decir que destaqué más, hasta el punto de ganarme el mote de “el robot”, fue bailando. De eso hace ya casi veinte años, pero aún me encuentro gente que me conoce como “el robot”, quizá no sólo porque lo hacía bien, sino por mi forma de moverme  cuando estaba en una sala en la que sonaba música máquina.
Me gusta la música y aunque no tenga un gran oído musical ni aparente sentido del ritmo, tengo unas preferencias musicales muy variadas, que van desde temas clásicos a lo más techno y en mi adolescencia, para bailar, mi música preferida era la “makina”, el “techno”, o el “trance” y me sigue gustando este tipo de música que para algunos sólo es ruido pero que está cargada de ritmos y melodías. He de decir que hasta los gogos se paraban para verme bailar, pero además de esto, muchos venían a preguntarme qué me había tomado o si tenía alguna pastilla para vender, porque además, bailaba sin parar desde la apertura hasta el cierre de las discotecas. ¡Ni siquiera tomaba alcohol! Si hubiese querido vender pastillas de calcio, me habría forrado. Sólo tomaba música. No visitaba las discotecas para tratar de relacionarme con otras personas. No usaba el alcohol para combatir mi carácter tímido e introvertido. Sólo estábamos la música y yo. Dejaba atrás mi sentido del ridículo, el miedo escénico o la timidez y destacaba en la pista de baile y en las tarimas. Dejaba que esta entrara en mi cuerpo y tomase total control de él. Hasta los disk jockeys se dieron cuenta y apreciaron cómo sus giros musicales provocaban y conducían los movimientos de mis diferentes partes del cuerpo.
Así, me moví por la provincia y todo su abanico de discotecas destacadas del sector, a las que incluso algunos amigos me llevaban y me dejaban en la pista de baile, “ligando” a mi costa por el hecho de conocerme, presentarme o hablar de mí. Se creaban grandes cercos a mí alrededor y ver a la gente rodeándome también me daba fuerza y energías para aguantar moviéndome sin parar.
¡Qué recuerdos! Pero en fin. Aunque me sigue gustando esa música y siento como sus ritmos pretenden volver a mover mi cuerpo, mis maltrechas rodillas no acompañan y eso ya forma parte del pasado, pero lo cierto es que si en su día hubiesen convocado concursos de baile como los de esos programas de televisión que lo promueven, más de uno me habría animado a participar. Otra cosa es que yo finalmente hubiese decidido hacerlo.

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© Daniel Balaguer