lunes, 17 de abril de 2017

Un tipo bajito

Resulta bastante curioso ver que todo el mundo me percibe como una persona bajita cuando en realidad sólo mido un centímetro menos que mi mujer, que mide 1,71. Evidentemente, si metro alguno, con una diferencia de altura de un centímetro, a ella todos la ven como una persona muy alta. Eso mismo me pasó cuando un vendedor trajo una talla “S” para mi bici y otro elijió para ella una “M”. Si nos ponemos a comparar, los dos utilizamos la misma talla de calzado, yo una talla de jerséi más grande y alguna talla de pantalón más pequeña. Pero eso no parece ser significante. A su alrededor brilla un aura de altura y yo soy bajito.
No es que sea para mirar a todo el mundo con la cabeza hacia abajo por tan gran altura, ni yo me veo en la necesidad de mirar a todo el munco hacia arriba para verles la cara. También tuve una compañera que decía sacarme un palmo, cuando no creo que pasase de 1,72. Para este efecto óptico de altura, quizá deberíamos tener en cuenta el ancho. Un trozo de espagueti al lado de una albóndiga parece más alto aunque su altura sea la misma. Quizá los demás se ven a sí mismos como ese trozo de espagueti: Se ven a sí mismos altos y delgados y todos los demás les parecen albóndigas. No es que yo esté redondo como una albóndiga pero tengo unos hombros y un pecho anchos, además de unos huesos propios de un animal de tiro, que en su comjunto, hacen que mi altura sea considerable como “de talla baja”.
Mi altura, la verdad, no me preocupa lo más mínimo. Ese tipo de comentarios lo cierto es que tampoco me hacen sentir acomplejado. Es más, permiten ver la delicadeza de la gente al hablar, que es más bien poca. Para suavizarlo, a menudo utilizamos diminutivos: “bajito”, “gordito”, “flaquito”. ¿Será necesario hacer este tipo de comentarios si percibimos que el otro ha engordado o es algo más bajo? ¿Es necesario compararnos tanto? Quizá mientras sólo nos quedemos con la fachada de las personas, así nos va.

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© Daniel Balaguer