martes, 5 de mayo de 2020

EL CUENTO DE LA CACA

Cuentan que, en los inicios del mundo, cuando nació el primer ser humano todos los órganos vitales y partes importantes del cuerpo empezaron a discutir sobre quién sería el que tenía que mandar.
El cerebro expuso: "Yo tengo que ser quién mande, puesto que soy el órgano más evolucionado de toda la creación y coordino el funcionamiento de todo el cuerpo".
Pero enseguida los ojos se opusieron argumentando: "No puede ser así porque somos nosotros quienes guiamos todo el cuerpo y si no fuera por nosotros, os estrellaríais en cualquier lugar".
“Me sabe mal el malestar que estáis generando con este debate, pero no hay duda que yo soy quien os aporta la sangre a vosotros y por tanto no puede haber duda que mi papel es el más importante de todos", dijo el corazón con su intervención.
“¡Ei, ei, ei!. ¡A ver! Que soy yo quien os da de comer a todos y sin mí moriríais de hambre, así que está claro que quién tiene que mandar soy yo”, dijo el estómago un poco indignado y cansado tras una pesada digestión.
“¿Y qué decís de nosotras?” -dijeron las manos levantándose hacia arriba- “Si no fuera porque nosotras cogemos la comida, no habría nada que digerir y por tanto el estómago no os podría dar de comer, así que ya está claro quién tiene que mandar. ¡Son las manos las que mandan!
Las piernas pidieron su turno para hablar y se declararon ellas misma que iban a ser las que mandaran porque según ellas cargaban y transportaban todo el cuerpo.
De repente, escucharon una voz allá por las profundidades del cuerpo: “¡ya está bien! ¡Ya me he cansado de tanto ajetreo! ¡Yo voy a ser quién mande y no hay nada más de qué hablar!”.
En aquel momento todos se indignaron al escuchar aquella parte que hablaba con tanta osadía, que ni siquiera se había presentado y además no daba la cara.
Pero enseguida se empezaron a reír cuando se dieron cuenta que era la mierda quien acababa de hablar diciendo que iba a ser ella quien mandara.
“Esto no puede ser!” -dijeron todas las partes del cuerpo a la vez- “la mierda nunca puede mandar; ella ya está prácticamente fuera del cuerpo. Nadie te quiere ni estará dispuesto a obedecer tus órdenes”.
Y todos estallaron con muchas carcajadas.
“Bien. Vosotros os lo habéis buscado”. Así la mierda se negó a salir del cuerpo. Empezaron a pasar los días, una semana... Y los días continuaban pasando y la mierda no salía.
Los primeros al sentir la tensión fueron los ojos, que se pusieron rojos y veían mal. Después el cerebro empezó a marearse. El corazón latía despacio. El estómago no podía digerir porque no le cabía nada y no podía empujar nada hacia las tripas, que estaban saturadas. Llegó el momento en que las manos y las piernas empezaron a temblar... Y no había pasado más que unas pocas semanas.
Aquello no se pudo aguantar más, entonces todos aclamaron:
-“¡Ya está bien! ¡Que mande la mierda!, que ya no podemos aguantar más”.
Y es así como desde aquel momento cualquier mierda puede mandar. 

¿Qué es la "caca" o la mierda y que representa esta metáfora en las relaciones humanas?
Todo aquello que rechazamos: el odio, el rencor, la avaricia, la envidia, los celos...
¿Cómo expulsamos esta mierda?
Con la presión de la fuerza, la violencia, el reproche, la dominación, el desprecio, la comparación...

Analicemos las consecuencias de la lucha por el poder y cómo de este conflicto acontece todo aquello que rechazamos: el subproducto de la digestión humana, que se produce de las relaciones, vivencias, aprendizajes que asimilamos y que condicionan nuestra forma de vivir y relacionarnos con los demás.
Y es precisamente la “caca”, este residuo que representa todo aquello malo como el odio, el rencor, la avaricia, la envidia, el reproche, el desprecio, la comparación... lo que parece acabar dominándonos en el fondo de las relaciones humanas.
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jueves, 2 de abril de 2020

HUMILDE, SERVICIAL Y TRABAJADOR

Que me considere una persona muy trabajadora es algo que ya he dicho en alguna ocasión y quienes me han conocido bien, así pueden corroborarlo. Ello no quiere decir que sea de los que se pasan la vida trabajando, pero admito que me gusta trabajar, y más en el ámbito social, hasta el punto que incluso puedo decir que daría mi vida por ello.
Dentro de este campo, nunca me ha importado hacer tareas que estuviesen fuera de mis funciones, tanto por encima como por debajo de mi puesto y siempre las he desempeñado de buen grado poniendo lo mejor de mí, sin esperar ni tan siquiera una palmadita en la espalda. Lo hago porque quiero, me apetece, me gusta ser útil, productivo, aprender y porque soy exigente conmigo mismo. Así he cortado el pelo a otras personas, he pintado paredes, he limpiado culos grandes, he desatascado baños, he colgado cuadros, he dirigido equipos de trabajo, he redactado proyectos, he levantado cocinas, he fregado platos… y he disfrutado haciendo cada una de estas actividades, con humor y tantas ganas como si por ejemplo, de comer chocolate o practicar sexo se tratase (perdón por los puristas).
También he de decir que soy una persona con ciertas convicciones fuertemente arraigadas e igualmente capaz de defenderlas hasta la muerte. Y aunque tenga una autoestima suficientemente alta, no soy de los que se regodean de sus virtudes, logros, estudios, posición social, ni me creo mejor que nadie. No necesito hacerlo. Está claro que escribo lo que me parece y pienso de mí, pero como toda persona, tengo mis cualidades y defectos. Obviamente debo decir que acabo soltando pedos, cagando y tirando de la cadena, todo ello tanto física como mentalmente, con lo cual no creo ser muy diferente de otras personas. Y si se tercia, puestos a cagar, también soy capaz de hacerlo en el campo con el culo al aire.
El hecho de ser muy trabajador, mostrar disponibilidad para hacer cualquier tarea que mis manos o intelecto puedan llevar a cabo, tratando de dar lo mejor de mí a las demás personas y la forma de hacerlo sin buscar méritos o ascensos, ni tan siquiera el reconocimiento de nadie, han hecho merecerme el respeto y la confianza de quienes mi persona y acciones les hayan resultado de utilidad. Esto curiosamente me ha llegado a "empoderar", (utilizando palabras de otras personas) de cara a compañeros/as de trabajo y he vivido en mis carnes los efectos de ciertas rivalidades y recelos. Por suerte, he encontrado consuelo en aquella frase que dice "Cuando haces algo tienes en contra a todos aquellos que hacen lo mismo, a todos aquellos que hacen lo contrario ya todos aquellos que no hacen nada”. Aunque por cierto he de decir que me encontrado a más personas de las que no hacen nada que de las que hacen lo mismo o lo contrario. Y esto quizá es lo que más les incomoda, la comparación, la pasividad propia frente a las ganas de otras personas. Así que, si algo no te nace, no quieres, no sabes o no te apetece hacer, sin más, deja que lo hagan aquellos a quienes no les importa hacerlo, les nace hacerlo o disfrutan con ello.
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viernes, 27 de marzo de 2020

INSOMNIO

Últimamente no estoy durmiendo mucho. ¿Cosas de la reclusión o la baja actividad? Me despierto a las 2, a las 3 de la noche. Me quedo en la cama dando vueltas y más vueltas, viendo las horas pasar. A veces enchufo el ordenador, trato de escribir algo o leer a ver si me llega la fatiga y me duermo… Incluso en primavera o verano he llegado a coger la bici y salir a esas intempestivas horas de la noche a dar una vuelta, pero ahora hace frío y está prohibido salir de casa.
Ha habido temporadas que he atravesado situaciones similares, no de reclusión, sino de insomnio, especialmente si me he dedicado a escribir algún libro que me ha enganchado. Así, he llegado a estar algo más de un mes durmiendo solo entre tres y cuatro horas al día, escribiendo frenéticamente, a cualquier hora del día y en cualquier lugar.
En estas etapas, he mantenido una extraordinaria actividad física y mental día y noche, sin percibir fatiga alguna, como si estuviese bajo los efectos de una poderosa sustancia energizante. Pero una vez concluida esa agotadora y apasionante tarea de escritura, me llega un tremendo bajón. Suelo perder peso; las defensas se desploman y me llego a resfriar. Calentura, fatiga, tos y todas esas cosas en apariencia insignificantes y que ahora parecen preocupar de verdad a las personas.
En esta situación de cuarentena es algo diferente. Me está costando escribir. Por el momento no estoy enganchado a esa novela que hace años que tengo entre manos. Con esta reclusión forzosa, aunque sigo trabajando y saliendo de casa por ello, podría dedicar más tiempo a escribir con tranquilidad; podría descansar… Pero no lo soporto. Me corroe la inactividad pese a cierto temor a contagiarme o contagiar cualquier cosa que pudiese pasar desapercibida y que a su vez resultara ser mortal para otras personas. Lo único que me apetece de verdad es pasarme el día encerrado con mi mujer y comerle el co… como si no hubiese mañana. Bueno, cosas del fin del mundo y eso, pero con el colecho, los niños todo el día en casa, la fatiga, el desinterés o los turnos de trabajo… ¡Misión imposible! Así que este es otro ingrediente más que contribuye a turbar mis sueños.
Busco la manera de reengancharme a la escritura de esta novela cuyo plazo de concurso se aproxima y que ha supuesto un reto personal en numerosas ocasiones. Pero ahora me falta esa pasión, esa chispa que he tenido en otras ocasiones. Tengo muchas ideas al respecto, diferentes versiones y situaciones interesantes, pero me está costando encauzarla, atraparme, encontrar esa óptica adictiva que me haga escribir y disfrutar como un poseso. Y mientras, veo pasar las horas de la cuarentena.
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lunes, 23 de marzo de 2020

APATÍA

Llevo ya unos cuantos meses que he perdido el interés y la motivación por escribir. Así poco a poco he ido abandonando todas mis bitácoras.
Hace poco recibí las bases de un concurso literario al que me he presentado en varias ocasiones y para el que tengo un libro empezado, pero ni esto ha suscitado mayor interés. Percibí una pequeña chispa de ilusión con la que trabajar para volver a presentarme. Releí lo escrito y no supe continuar o me faltan esas ganas de escribir que antes me desbordaban y con gusto también me quitaban el sueño.
Ahora mismo me siento estancado. Algún día he buscado un momento para escribir y me he sentado delante del ordenador, pero no han salido las palabras; no han fluido las ideas.
Nada me parece lo suficientemente interesante como para escribir y tampoco parece que tenga mucho que contar. Quizá podría retomar algún cuento, porque dibujar me parece más atractivo, incluso podría maquetar algún vídeo de los cuentos que tengo, pero aún así, noto que la llama se ha apagado.
Solo me queda dejar pasar un poco de tiempo esperando que esto mejore o tratar de esforzarme algo más por llevar adelante lo que en algún momento me ilusionaba, aquello que me permitía soñar, compartir sentimientos, inquietudes e ideas.
Así, he tratado de retomar la publicación de alguna receta que aún tenía a medio terminar y con las fotos ya hechas. También he intentado escribir estas líneas o incluso la reelaboración de algún proyecto que tenía en mente, pero noto que las palabras no fluyen y no tengo chispa. Por suerte, me considero una persona bastante constante y sé que aunque me encuentre en una etapa de bajón y estancamiento, seguiré intentando arrancar esta vieja moto hasta que ya no me queden fuerzas o arranque por fin. Espero conseguir ponerla en marcha.

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© Daniel Balaguer